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Bayron Mauricio ya es oficialmente sólo Mauricio. Estibet es Steven. Y Denisse ya dejó atrás el Delicia con el que fue bautizada. Los tres estuvieron entre quienes se cambiaron de nombre durante el año pasado. Según cifras del Ministerio de Interior, a partir de las publicaciones realizadas en el Diario Oficial, otras 2.800 personas realizaron el mismo trámite.

Según estas cifras, casi 10 mil personas se cambiaron el nombre o apellido entre 2011 y 2014. El número de cambios va en ascenso y 2014 marcó un nuevo peak. El número este año sigue el mismo camino.

Las modificaciones van desde reemplazar designaciones poco comunes, que pueden resultar graciosas como “Amor Cósmico Dorado” por Crescente; “Chakira” por Vaitiare o “Sansón” por Isaías. Algunos corrigen nombres menos insólitos, como Jeans por Hans, Hállan por Alan o Inmaculada por Irma, y otros buscan prescindir de un nombre y quedarse sólo con el segundo. En ese sentido, los más descartados en los últimos cuatro años han sido María, Rosa, Juan  y José, a pesar de lo tradicionales que parecen.

“Probablemente en comparación con personas con otros nombres ‘más atractivos’, es decir, más representativos de una clase social exitosa, estos nombres afecten negativamente a algunas personas en sus oportunidades laborales y/o educativas. Ahora, que afecten ‘imaginariamente’ a algunas personas, también puede entenderse desde esta perspectiva”, dice Mónica Peña, académica de la Facultad de Psicología de la U. Diego Portales.

Vergüenza y clasismo

El fenómeno es cada vez más recurrente. En los primeros cinco meses de 2015, 1.194 personas han hecho el trámite de publicar su cambio de nombre en el Diario Oficial (uno de los pasos exigidos para que sea legal), un 30% más que en igual período del año pasado y 65% sobre los mismos meses de 2011.

Iván Pincheira, sociólogo e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, indica que se trata de un fenómeno social relevante y que la existencia de una ley (desde 1970) que guía el proceso, da cuenta de ello. “La ley indica en qué circunstancias es posible cambiarlo; cuando son nombres ridículos, risibles, que provocan menoscabo moral o material. Es una norma social de la vergüenza, indica que hay un sector de la población que se siente menoscabada, expuesta a la vergüenza”, dice.

De acuerdo a la ley, es posible cambiarse el nombre -además de cuando sea uno que implique menoscabo, por lo risible o ridículo- cuando el individuo ha sido conocido con otro nombre por más de cinco años o cuando las voces no sean de origen español, para castellanizarlas, sea nombre o apellido. En el caso de los apellidos, que corresponde a menos de un 30% de los casos, es posible hacerlo para agregar filiación a los hijos.

“Chile es un país profundamente clasista”, dice Mónica Peña. “Desde esta perspectiva, no nos puede resultar extraño que los cambios de nombre respondan a la creencia que con un nombre distinto van a mejorar las condiciones de vida, dado que en la práctica las personas en Chile sí son vistas con mejores ojos cuando cumplen unas características de clase y no otras”, agrega.

Pincheira sostiene que la variable de clase social no explica todo el fenómeno. “Es lo más evidente, pero no se reduce a eso. Es transversal”, dice. Y recuerda que hacia el año 2000, cerca de mil mapuche se habían cambiado apellido desde 1980, por temor a la discriminación.

Peña agrega que es probable que quienes se cambian el nombre para tener mejores oportunidades no lo hagan por el clasismo, o al menos no en forma consciente, “porque éste, al funcionar de manera tan intrincada en nuestras vidas, es invisible muchas veces o bien, directamente justificado”, dice. Que los cambios sigan en aumento, sostiene podría tener que ver con que en Chile es difícil cambiar las condiciones estructurales del clasismo y es más fácil adaptarse.

“Habla mucho de la sociedad chilena actual también esa idea de que todo depende de los individuos y que la sociedad es como un supermercado dónde uno ‘elige’ quién quiere ser, sin influencia de la sociedad y la cultura”, sostiene.

Fuente: La Tercera