Publicado por & archivado en Desde Chile.

Artículo consignado en el diario ElMundo.com

Son de estatura media, con el pelo oscuro, los ojos algo rasgados y el tronco ancho. Habitan entre bosques de araucarias, lagos glaciares y majestuosos volcanes que, de tanto en tanto, siguen dando sustos (el último, el Villarrica, que despertó a principios de marzo). Son los mapuches o según su lengua mapudungun, los «hombres de la tierra», los irreductibles indígenas de la zona media de Chile y parte de Argentina, un pueblo milenario que vive, trabaja y sueña, tal y como lo hacía antes de la llegada de los conquistadores españoles.

Los encontramos en la Araucanía, la región chilena que antecede a la Patagonia, allí donde crece un bosque templado con la intrincada frondosidad de una selva, pero libre de mosquitos devoradores. Un bello rincón de naturaleza extrema donde el 33 por ciento de su población mapuche sigue adorando a sus montañas sagradas con la creencia de que al portarse mal sus ancestros se enojan… como el Villarrica.

Toparse con ellos

Desperdigados entre los prados inmensos, al pie de lagos de agua cristalina, es fácil dar con estos hombres y mujeres envueltos en ponchos grises, desempeñando sus labores del campo, elaborando a mano miel de ulmo para vender a los turistas de paso. Ellos, con el trarilonco o cinta en la cabeza; ellas, con la trapelacucha o pectoral de plata.

Se les ve caminar por las aldeas dispersas de las inmediaciones de Pucón, el idílico pueblo de casas de madera, centro vacacional de los Andes chilenos. También al recorrer la zona en busca de las fuentes termales que la salpican, o a la hora de emprender el ascenso a algunos de los colosos de fuego (Llaima, Quetrupillán, Tolhuaca…) o en la misma orilla de los lagos y tumultuosos ríos donde el turismo activo es una gran baza: baños, rafting, kayak…

Fogones indígenas

Pero si lo que se busca es empaparse de lleno de esta cultura ancestral, vivir de primera mano una experiencia mapuche,habrá que acercarse a Curarrehue para visitar a Anita Epulef. Allí, en un modesto restaurante, esta cocinera y activista de la causa indígena exhibe orgullosa la memoria de su pueblo a través de la gastronomía. Adscrita al movimiento slow food, en sus fogones solo caben los sabores y métodos de la principal etnia chilena: el respeto a la tierra (frutos, plantas silvestres y semillas autóctonas), la preparación sencilla en horno de leña y el empleo del piñón de la araucaria como base de sus sabrosos platos.

Una jornada entera a la sombra de los mapuches

Después, en Quelhue, se puede completar el día como un auténtico mapuche. Porque esta comunidad de unas 300 personas brinda la oportunidad de compartir sus costumbres. Empezando por dormir en su casa típica, la ruca, una choza de conquillo y colihue, diáfana y con camas de caña, donde vive toda la familia.

Ritos y artesanía

El día, entre los mapuches, pasa por ayudarles en la recolección de los frutos, aprender los secretos de las hierbas medicinales o iniciarse en el juego del palín, una especie de hockey sobre hierba con palos rudimentarios. También conocer las danzas, los ritos y la vestimenta de este pueblo, escuchar historias sobre unarte chamánico que procede de la luna, descubrir curiosos instrumentos como el quepelhue, con el que las mujeres trajinan el campo con el hijo a cuestas (mientras el pequeño aprende estas labores).

Y para quien se quede con ganas, aún está el Museo Mapuche, en Pucón, donde se da cuenta de otra de las facetas de esta apasionante cultura: la de la artesanía, fundamentalmente de plata, que alumbraron al fundir las monedas que les daban los españoles. Utensilios domésticos, esculturas sagradas y adornos de orfebrería de un pueblo con raíces, el de «los hombres de la tierra».

Artículo publicado en: www.ocholenguas.com de ElMundo.com