Publicado por & archivado en Desde Chile.

Publicado en El Mercurio

Los niños en la escuela estudian bajo un retrato de Bernardo O’Higgins, prócer de la independencia en Chile. El encargado del banco recibe los depósitos en pesos chilenos. El servicio de telefonía celular chileno es tan sólido, que descargar aplicaciones de iPhone funciona como por arte de magia.

Los habitantes aseguran que podría ser cualquier poblado chileno. Excepto que Villa Las Estrellas está en la Antártica.

Menos de 200 personas viven en este puesto remoto fundado en 1984. Desde entonces, está en el centro de uno de los experimentos más notables del continente helado: exponer a familias enteras a condiciones extremas e intentar alcanzar algo parecido a una vida normal.

“Se vuelve un poco intenso aquí en el invierno”, contó José Luis Carillán (40), quien llegó hace tres años con su esposa y sus dos hijos para trabajar como profesor. Alude así a caminar a través de tormentas de viento para llegar a una escuela escondida bajo la nieve, y a soportar largos períodos con pocas horas de luz solar.

La mayoría de los alumnos – por lo general, no más de 12-son hijos de los funcionarios de la Fuerza Aérea. Algunos padres cuentan que el asilamiento fortalece los lazos familiares. Y que Villa Las Estrellas esté tan lejos agrada a muchos.

“En el resto de Chile la gente tiene tanto miedo a los delincuentes, que construyen muros alrededor de sus casas”, señaló Paul Robledo (40). “Eso no pasa aquí. Este es uno de los lugares más seguros del mundo”.

Lea el artículo publicado en The New York Times