Publicado por & archivado en Historias de Chilenos.

Fuente: Fundación Artesanías de Chile

Sus raíces son cien por ciento aymara. Sus padres y abuelos no reconocen mezclas, y ella seguirá la tradición. El tejido -en todas sus etapas- es su único y más grande saber, y durante 10 días compartió generosamente sus técnicas ancestrales con grandes y chicos en el espacio educativo de Artesanías de Chile en el Centro Cultural Palacio La Moneda, dejando en todos una huella cargada de sabiduría y patrimonio.

¿Qué significado tiene para usted la artesanía que realiza?
Mi oficio tiene mucho significado, tanto sentimental como cultural y económico también. Yo aprendí este oficio a los 5 años. Desde esa edad sé tejer, hilar y todo lo que se debe hacer para realizar este oficio. Mi mamá me enseñó; primero aprendieron mis hermanas, y al final yo. Y yo hice lo mismo con mis hijos, todos saben tejer, porque este es un oficio de familia, de mi cultura que se traspasa a todas las generaciones.

¿El traspaso del oficio es importante para usted?
Es muy necesario para no perder el sentido de nuestra cultura. Además que esto nos permite vivir y no perder la naturaleza que nosotros tenemos como aymaras. Nosotros vivimos de esto, es nuestra fuente de trabajo. Nosotros tenemos llamas, alpacas, ovejas y las cuidamos y alimentamos de pequeñitas; nosotros trasquilamos, hilamos, tejemos y teñimos, entonces también es nuestra herramienta de trabajo
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¿Cómo ha sido la experiencia de dictar talleres acá en Santiago?
La verdad es que muy bonito. Ha sido una experiencia única y no me la imaginé así. Yo nunca pensé que era así­. Tenía miedo porque nunca había estado en Santiago, y tan lejos de mi casa, entonces tenía miedo porque no sabía dónde era, cómo era la gente, pensé que iba a estar sola, y me daba miedo perderme en esta ciudad, pensaba por dónde voy a caminar, pensaba que me perdería. Además, yo nunca me había subido a un avión, entonces todo esto ha sido nuevo para mí. Vine con miedo, pero me voy feliz. La verdad es que todo ha sido muy bonito. Aunque yo sea aymara, y no pueda expresarme tan bien como ustedes en su idioma, pero estoy muy feliz de haber venido.

¿Qué importancia tiene para usted este tipo de instancias culturales?
Yo soy original aymara, mis padres eran aymaras y mis abuelos también. En mi familia no estamos mezclados, entonces para mí­ es muy importante poder enseñarles a los demás mi cultura; me sentí muy bien de poder enseñarles a los niños sobre mi cultura; ellos ponían mucha atención a todo lo que yo les decía y les enseñaba; le ponían empeño a las cosas, a las correcciones que yo les iba haciendo, me llamaban maestra, cómo debo hacer esto, maestra, cómo se dobla acá, y también preguntaban otras cosas más relacionadas a mi cultura, al lugar donde yo vivo, a mi familia, a mis orígenes, y me sentí orgullosa de poder ser yo la que les contaba sobre mi pueblo.

¿Imaginó que en Santiago existiría interés en saber detalles de su oficio y de su cultura?
Me imaginé que sí. Los niños siempre son curiosos, siempre desean aprender cosas y son empeñosos, entonces cuando supe que le enseñaría a niños, pensé que iban a estar interesados en aprender algo nuevo y diferente, pero nunca pensé que los adultos también querían saber. Los adultos, son más cerrados a las enseñanzas nuevas y pensé que ellos no iban a demostrar interés y me equivoqué, porque vinieron hartos e hicieron empeño en lograr torcer y tejer la pieza que yo enseñé; se mostraron interesados en aprender sobre mi cultura, me preguntaban hasta cuando estaría yo por acá, cuándo iba a volver, y una serie de cosas que yo no sabía qué responder, pero demostraba que ellos quedaron contentos con mi presencia.

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